Para pensar desde el virus

“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva unaporción de tierra, toda Europa queda disminuida,como si fuera un promontorio, o la casa de tus amigos,o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye,porque estoy ligado a la Humanidad; y,por consiguiente,nunca preguntes por quién doblan las campanas;la campanas doblan por ti”. John Donne (1572—1631)    

Los últimos meses han estado marcados por una sombra perenne que ha limitado varios aspectos de la cotidianidad no solo en Cuba sino, lo que es más preocupante, en el mundo.

Bajo el mayestático nombre de Coronavirus, se extendió con suma rapidez y logró paralizar gran parte de la economía mundial y dejar vacíos espacios que muchos jamás habían imaginado sin presencia humana.

En nuestro país a mediados de mayo las muertes no alcanzaban el centenar y aunque la pérdida de todo semejante DUELE, dicha cifra no alcanza las que en similar periodo muestran otros países, aún con mayor desarrollo; ni tampoco superan las que anualmente dejan otros males entre nosotros.

El impacto mayor entre nosotros ha sido en la economía, no solo por la cantidad de producciones que dejaron de elaborarse al decretarse la cuarentena, o por el turismo —no muy abundante en aquellos momentos—, las exportaciones reducidas, tanto por las suspensiones locales como por  medidas similares en los territorios de destino, y los grandes gastos en la generación de electricidad originados en la presencia de familias enteras en casa sin más posibilidades que la televisión y sus variantes durante jornadas de altas temperaturas, sino por las erogaciones que representan aprovisionar los centros de aislamiento y atención a pacientes y posibles enfermos, además de los costos que implica suministrar productos a las multitudes que —a pesar de las orientaciones de aislamiento establecidas— colmaron ya no las tiendas sino los alrededores de las mismas día tras día a la espera de “ver qué trae el camión”.

Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) expresó desde la primera quincena de mayo que la enfermedad llegó para quedarse, como ha pasado ya con el sida y otras —pues encontrar una vacuna que la elimine no ocurrirá en un futuro inmediato y, una vez hallada, no será de factible su producción en las cantidades suficientes—, lo cierto es que levantar rápidamente las medidas sanitarias vigentes tampoco es recomendable, como también lo afirma la propia Organización, varios científicos y la experiencia de algunos países que enfrentaron un rebrote acelerado al intentarlo.

Ante esta situación es preciso asumir el mal con una postura profundamente reflexiva para obtener experiencias y tomar o mantener actitudes que han demostrado en estos meses ser muy necesarias no solo para convivir con esta enfermedad sino para mejorar la lastimada Casa Cuba.

El factor principal que ha mostrado la pandemia entre nosotros es que, a pesar de ser una población ampliamente instruida y con muy bajos niveles de analfabetismo, entre nuestros compatriotas existe la mala actitud de desestimar los riesgos y considerar que “eso a mí no me pasa” por lo que se asumen actitudes que responden más a factores muy personales e ignoran lo que organismos especializados han dejado establecido, algo que ha dado en llamarse “percepción del riesgo” y que muestra muy escasa presencia entre nosotros.

Tal comportamiento se asocia con la indiferencia hacia las informaciones que circulan por los medios oficiales, pues salvo los datos ofrecidos por el Dr. Francisco Durán, Director Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública en su diaria conferencia de prensa, lo habitual es repetir datos y valoraciones tomados de Facebook, Twitter, Instagram y sitios de internet donde circulan los más diversos enfoques sobre el tema, muchas veces sin respaldo científico ¿Dónde pudiera estar el origen de tal comportamiento? Una parte significativa de la respuesta está en la elaboración acartonada de la información por los medios locales, su diseño poco atractivo, y el cansón enfoque de “…nosotros estamos bien; los otros están muy mal…”

Vinculado con lo anterior está la decisión de fomentar el comercio electrónico como vía para evitar las aglomeraciones; tal idea, desde la visión de sus características y potencialidades específicas, pudiera ser una adecuada alternativa comercial pero aplicada con premura —como se decidió ahora—, sin el suficiente adiestramiento de los involucrados en todas sus etapas, sin el suficiente respaldo mercantil ni la infraestructura transportista propia junto con las limitaciones de redes y la poca extensión fuera de la capital de aplicaciones como TransferMóvil y Telebanca, creó más dificultades que soluciones al no poderse ejecutar correctamente muchas órdenes de servicios, colapsar algunas redes e incrementar las colas en los bancos ala acudir a ellos numerosos usuarios en busca tanto de los servicios específicos como para depositar efectivo conque requerir tales prestaciones; ante tal situación se fomentó lo que se quería reducir pues muchos potenciales clientes prefirieron seguir «a la antigua» antes que vivir las tensiones de no saber si sería efectiva su solicitud creando también desconfianza hacía tal servicio en el futuro.

Vale agregar que aunque la telefonía celular y sus prestaciones junto con las tarjetas magnéticas bancarias han avanzado en nuestro país en los últimos años, las mismas —principalmente la telefonía móvil— distan mucho de estar lo suficientemente extendidas y con usuarios entrenados para acogerse a esta oferta de por sí costosa tanto para su adquisición como para su posterior empleo, sin olvidar que hubo que habilitar apresuradamente y sin todo lo preciso tiendas especializadas en este propósito fuera de La Habana y aún faltan por aparecer. Aunque se hizo con los mejores propósitos esta fue una medida apresurada que resolvió poco y merecía más estudio.

De igual modo es oportuno valorar la efectividad de medidas como, para no convertir los centros de trabajo en focos de infección, enviar para sus casas a miles de trabajadores con la consiguiente afectación económica estatal y familiar, así estos engrosan las ya nutridas colas donde la cercanía y las presiones multiplican las posibilidades de contagio. La adopción por las administraciones de precisas y efectivas medidas de control —y la consecuente aplicación de severas medidas a incumplidores y a quienes los faciliten, algo nada complejo de lograr en el entorno bien delimitado de un centro laboral— sería más beneficiosa a la economía y evitaría muchísimos de los riesgos que durante los duros momentos de la pandemia se han corrido en las calles.

A pesar de que la Covid 19 sorprendió a todos los países, y por encima de lo antes expresado, en este rincón del Caribe se ha podido actuar con eficiencia ante el peligro y aunque tirios y troyanos discutan si esto ha beneficiado a los que quieren a toda costa la máxima centralización ejecutiva en el país en detrimento de una estructura con independencia en las decisiones, es preciso reconocer que    la existencia de una industria biofarmacéutica, con logros concretos, favoreció la adopción de medidas que hubieran sido imposibles de no existir tal respaldo, de igual forma lo abarcador del sistema de salud del país permitió la rápida detección de casos y peligros, y se ha cumplido con uno de los principios de todo sistema social y que es ineludible para la Iglesia que lo asume por encima de cualquier ideología: la Solidaridad como la recoge la encíclica de S. S san Juan Pablo II:                         

…es asi que en este mundo dividido y perturbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicción de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para todos. […] El bien, al cual estamos llamados, y la felicidad a la que aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño de todos, sin excepción; con la consiguiente renuncia al propio egoísmo.

Sollicitudo rei socialis, núm. 26

De estos tiempos han de derivarse numerosas enseñanzas, algunas —como las relativas a la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas desde los más diversos enfoques— requieren librarse de algunos «coronavirus mentales» que seguimos arrastrando; otras —como entender que nuestras actuaciones son un verdadero tejido social donde no vale el egoísmo— sólo requieren comprender que en este viaje que nombran vida somos compañeros, palabra sin connotaciones ideológicas que en su más central origen proviene de cum panis: los que comparten el pan.

20  de mayo de 2020

Editorial

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