El primer milagro

“A ella como era mujer, no se le escapó la mirada de angustia de la novia al levantar la tapa de los cántaros.

La había visto poner luego silenciosamente los mismos cántaros de vino sobre la mesa mientras su mirada aleteaba en el aire como una paloma que acaba de descubrir que está perdida.

María sintió pena por la pena humilde, por las galas nupciales que hacía todavía más desairada aquella pena. Se volvió entonces a su hijo y le dijo en voz baja:

-Mira que no tienen vino… Se ha acabado ya el vino.

Había en los ojos que lo miraban, un ruego inocente, que él mismo no acertaba a comprender. Era como si le nacieran auroras en el pecho, como si le hormiguearan luces nuevas en la sangre.

Ella que nunca pidió nada, pedía ahora tan poco, que él se sentía vagamente disgustado, pesaroso de gastar en esa nimiedad su última ternura de hijo, su primera fuerza de Dios.

Mujer, ¿qué te va en ello? – Ha dicho todavía defendiéndose de serlo…

Pero María no es más que una mujer sencilla. Ha olvidado las palabras del Ángel o acaso no las entendió nunca. Durante muchos años ha traído el agua de la fuente todas las mañanas y cuidado el aceite de su lámpara todas las noches. Había, en fin, mantenido siempre el orden de su casa  y tal vez pudiera perdonársele que ahora trastornara un poco el orden de los cielos.

Jesús la ha mirado como si la mirara por primera vez, con una como estrenada dulzura. 

En aquel momento la madre se ha vuelto niña y él tiene miedo de herirla con una palabra seca, con un gesto, con esa facilidad con que se hiere a los infantes… Pero ella quiere nada menos que un milagro. 

No se atreve a decirlo, pero es lo que quiere, lo que insinúan los ojos confiados que lo miran.

Tampoco él dice las palabras que piensa, porque él piensa seguramente que sería una locura, una prodigalidad hacer un milagro solo para que dos recién casados estén contentos…

No lo dice, pero de todos modos se resiste tratando de suavizar su negativa.

Él es como un extraño en esa fiesta – ha tratado de argüir –y ella también debe serlo. Su hora  no ha llegado todavía; nada de lo que hay allí, tiene sentido, puede tenerlo ante los acontecimientos que se avecinan…

La voz de la madre sigue sonando sin embargo; es ahora un suspiro, un goteo de miel en su corazón que ya se había despedido de todas las dulzuras.

Pronto descubrirán todos que ya no hay vino…

¿Qué nos va en ello? Vuelve a decir el hijo, menos seguro…

Pero él mismo no reconoce ahora sus palabras. No son palabras suyas y la madre lo sabe, aun desde antes que él las dijera.

Ciertamente que a todos nos va mucho en la pena del prójimo aunque sea la pena más humilde y más pequeña.

Allí están los novios mirándose turbados, descubiertos de pronto en la intimidad de su pobreza, temerosos de incurrir en la mofa o el desdén de sus invitados.

Este su día feliz, el día de sus bodas, está a punto de convertirse en un día amargo, un día que recordarán luego, a lo largo de los incoloros días de su existencia, marcado por aquel rubor de su escasez en evidencia, por aquella mengua de su modesta hospitalidad.

Era su ocasión de lucir, de aparecer rumbosos y gentiles, su ocasión de ser señores y pronto van a perderla.

 Era la única vez que atraerían hacia ellos las miradas de las gentes y esas miradas iban a tropezarlos torpes, cohibidos, desairados.

Había ya en el aire una interrogación suspensa de fiesta aguada cuando el Maestro estrechó en silencio la mano de su madre, hizo traer de nuevo las bandejas y los cántaros ya retirados por vacíos.

De pronto un olor a pan fresco, recién sacado de los hornos celestiales, se extendió por todos los ámbitos, y al mismo tiempo grandes chorros de vino brotaron por las bocas de las ánforas, rebosando las copas alargadas, se derramaron sobre las vestiduras y las alfombras.

Mientras los novios recibían muy ufanos los parabienes de sus amigos, una algazara de crótalos saludaba algo inconscientemente, ingenuamente la aparición del prodigio inicial, fino preludio en la gran sinfonía taumatúrgica.

Era el primer Milagro: María lo sabía y sonreía.

Era el Primer Milagro, y era la última sonrisa”.

Dulce María Loynaz, Poesía. Edición Centenario 1902-2002. Biblioteca de Literatura Cubana, La Habana, 2002. P. 188-190

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