Cuando en Cuba no se pudo consagrar los óleos santos en su día tradicional

Por: P. Joaquín Gaiga

La pandemia de coronavirus de este funesto año 2020 impidió, entre otras celebraciones de la Iglesia Católica en Cuba, aquellas de finales de Cuaresma y Semana Santa, incluso la de la Misa Crismal. Celebración ésta que generalmente en la Iglesia Católica se realiza en la mañana del Jueves Santo, mientras que en nuestra Diócesis de Pinar del Río se efectúa en la tarde del jueves de la semana anterior para permitir, debido a las grandes distancias, a los sacerdotes de mejor preparar y presidir la celebración, en la noche del Jueves Santo, de la conmemoración de la Última Cena de Jesús e institución de la Eucaristía.    

La Misa Crismal se caracteriza por ser la misa que concelebran todos los sacerdotes de la Diócesis con el Obispo. En ella renuevan sus promesas sacerdotales. Se caracteriza también por el rito de bendición de parte del Obispo de los Oleos Santos, que se usan en la administración de varios Sacramentos. El Santo Crisma que se usará durante todo el año sucesivo para el Bautismo, la Confirmación y la eventual consagración de algún nuevo sacerdote. El Oleo de Los Catecúmenos que todavía se usa en el Bautismo, y el Oleo de los Enfermos que se una para el Sacramento de la Unción de los Enfermos.

Siempre en la historia bíblica el oleo de oliva fue considerado algo especial, un medicamento del cuerpo y del espíritu, algo sagrado. Ungir era sinónimo de consagrar a Dios. Eran ungidos los sacerdotes, los profetas, los reyes. Recordamos a propósito como la Biblia narra la unción, de parte de Samuel, de Saúl como primer rey de Israel: “Samuel tomó el frasco de aceite, lo derramó sobre la cabeza de Saúl y lo besó diciendo: “¡El Señor te unge como jefe de su herencia!” (1 Sm. 10,1)

Esta unción hacía de quién la recibía una persona consagrada y digna de respeto a pesar de todo. Es por eso que cuando Samuel, por las infidelidades del Rey Saúl, ungió a David como segundo rey de Israel, suscitando el celo y la envidia de Saúl que intentó repetidamente eliminar a David, cada vez que, al contrario, tuvo David  la posibilidad de matar e Saúl, siempre se paró y hasta a sus soldados les dijo: “¡No! No podemos hacer eso, porque es el “ungido de Dios”.       

En mis investigaciones sobre la historia de la Iglesia en Cuba en general y de esta Diócesis y sus parroquias en particular, al leer cientos de informes de Santas Pastorales Visitas de los Obispos a lo largo de tres siglos, siempre encontré que uno de los actos de visita del Obispo consistía en averiguar cómo el Cura y sus colaboradores custodiaban el templo en todas sus partes, todos sus detalles, ornamentos, alhajas, vasos sagrados, incluso si las vasijas de los Óleos Santos eran bien conservadas, decentes, limpias, y con su escrita bien visible para distinguir un Óleo del otro.

Y en sus recomendaciones más insistentes, estaba aquella de hacer todo lo posible para que no faltase a los gravemente enfermos el conforto de los últimos sacramentos: Confesión, Comunión y Santa Unción. Con respecto a este último, tal vez el más olvidado hoy, vale la pena recordar las palabras bíblicas, casi a conclusión de la Carta del Apóstol Santiago: “Si alguno de ustedes cae enfermo, que llame al sacerdote de la Iglesia para que rece por él y lo unja con aceite invocando el nombre del Señor. La oración hecha con fe sanará al enfermo y si ha cometido pecados se le perdonarán”. (Sant. 5, 13-15)        

El materialismo en que muchos viven hoy, les ha llevado a pensar que para bien vivir basta bien alimentarse, bien divertirse y para bien morir lo importante es disponer de  los medicamentos que alivien o anulen los sufrimientos físicos que normalmente preparan a la muerte. La fe en que esta vida es preparación a la vida eterna con Dios implica otra visión de nuestra existencia presente y de nuestra preparación a otra vida y futuro de gloria y felicidad que el Señor nos prepara.

No sólo la palabra de Dios sino también el testimonio de nuestros ancestros nos enseña la importancia que tienen para eso la buena conducta en esta vida y la recepción de estos Sacramentos sobre todo al acercarse la hora del tránsito de nuestra vida a la vida eterna.

Y cito un ejemplo que me impactó particularmente. Al investigar, hace unos años, en el Archivo de la parroquia de Artemisa sobre la historia de la misma, me impactó el encontrarme con un libro que contenía alrededor de 500 partidas de fallecimientos de soldados españoles muertos en el hospital de aquel Municipio durante la Guerra de Independencia. Todas aquellas partidas habían sido redactadas y firmadas por el bien conocido y venerado P. Guillermo González Arocha, Cura párroco entonces de Artemisa. Quién podía garantizar que todos aquellos soldados españoles de una edad entre 20 y 26 años, excepto una decena de ellos, habían pedido y obtenido de él la gracia, antes de morir, de recibir estos Sacramentos.

Se sabe que el P.  Guillermo Arocha fue colaborador de los mambises, sobre todo en  favorecer la comunicación con sus familias y la ayuda en medicinales, y su amistad con Antonio Maceo hizo que, al perecer éste en Punta Brava, los mambises enviaron al P. Arocha un puñado de tierra de  aquel punto impregnada de la sangre del Titán.

Sin embargo ante todo el P. Arocha fue pastor celoso de sus ovejas que murieron en aquel período de la Guerra y reconcentración de Weiler en Artemisa en un número superior a todas aquellas que habían muerto en los años anteriores desde la fundación de este pueblo hasta el comienzo de la guerra del 95. A más de 600 de aquellas miles de víctimas, fue a impartirles ahora los tres Sacramentos, ahora por lo menos el sacramento de la Extremaunción.  

Y al mismo tiempo recordándose que hasta los enemigos sobre todo cuando están en la angustia y el sufrimiento son nuestros hermanos, lo mismo hizo cariñosamente con casi 500 jóvenes soldados españoles.

Volviendo a mi discurso inicial, fue el 3 de agosto de este año bisiesto que, llegada por fin a la tercera fase post pandemia nuestra Diócesis de Pinar del Río, pudo el Obispo Mons. Juan de Dios reunir a Sacerdotes, Diáconos, Religiosas y Seminaristas para una jornada de encuentro, reflexión, intercambio de experiencias después de tantos meses de aislamiento. Jornada que se concluyó a las 5 de la tarde con la celebración aplazada de la Misa Crismal y la consagración de los Santos Oleos, presentes también algunos laicos.

Aunque por otras motivaciones, hay un antecedente en lo que pasó en los años 1971 -72 y 73. Ya en abril de 1870 – Nos informa Mons. Ramón Suarez Polcari en su “Historia de la Iglesia católica en Cuba” – el Obispo de la Habana (que abarcaba entonces toda parte centro-occidental de la Isla) Fray Jacinto María Martínez Sáez había tenido que viajar a Cádiz para allí rendir cuenta a la autoridades españolas de su actitud compresiva hacia las razones de los independentistas.

Entre otro había tenido que desaprobar las arbitrarias detenciones y durísimas condenas hacia los independentistas o fusilados, o confinados, cientos de ellos,  en el infierno de la Isla de Fernando Poo. Y había tenido que proteger también a cinco sacerdotes de la Diócesis favorables a los ideales independentistas, entre ellos dos de la Vueltabajo: el anciano P. Pedro Nolasco Alberro Cura de San Cristóbal y al Padre Cecilio Santa Cruz Cura del Guayabal (territorio de Artemisa).                      

Se le permitió de toda forma al Obispo Jacinto Ma. Martínez seguir su viaje hacia Roma para participar al Concilio Vaticano I, durante el cual tuvo un papel destacado. Fue en la primavera de 1873 que pudo embarcar para Nueva York y de allí, poco después, para la capital cubana. Pero al llegar al muelle habanero el 12 de abril de aquel año, lo encontró abarrotado de todos los Voluntarios de la capital y otros favorables al perpetrarse del dominio de España, que acogieron con insultos y amenazas al celoso pastor quien tuvo que regresar a Nueva York  y de allí a Roma, donde se retiró en un convento de sus Hermanos Capuchinos viviendo el resto de sus días como un fraile más y dejando un digno ejemplo de humildad, y siempre recordando y rezando por su Diócesis en la cual tanto había trabajado y sufrido.    

Por eso parece que en los tres años 1971 – 72 y 73 no pudo celebrarse en la Diócesis la Misa Crismal y consagrar los Santos oleos en su Diócesis. Por lo menos en carta de 19 de abril de 1872 el Padre Antonio Llópiz, quien fue Cura Párroco y Vicario Foráneo de San Rosendo de Pinar del Río a lo largo de más de 30 años, escribió a los demás Curas de la Vicaría recomendándoles que pasaran por su habitación a recoger los Oleos Santos que, siendo ausente el Obispo diocesanos, habían sido consagrados y enviados desde España por el Obispo de Cádiz.              

Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, sj, junto a los sacerdotes, seminaristas y diáconos de la Diócesis al concluir la Misa Crismal. Catedral San Rosendo, 2020.

Referencias Bibliográficas:

  • Archivo del Obispado de Pinar del Río: Documentos Históricos Expediente N. 12 – Año 1872 y Expediente N: 13 – Año 1873.
  • Archivo de la parroquia de Artemisa: Libros de partidas de fallecimientos.
  • Mons. Ramón Suárez Polcari – “Historia de la Iglesia Católica en Cuba” – Ediciones Universal – Tomo I.

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